LIMA (AIPE).- Diez años atrás, América Latina empezó un proceso de democratización. Surgieron muchos cambios. Hubo elecciones por doquier. Todos los que quisieron participar en la vida política de su nación pudieron hacerlo. América Latina asistió al ascenso de las emociones. Un entusiasmo emergió fulminante. Todos tenían la certeza de que se trataba de una nueva era. Las libertades políticas fueron recuperadas, pero en ese momento de entusiasmo nadie se percató que las libertades económicas no pudieron alcanzarse.
Roldós, Belaunde, Sarney, Siles Suazo y Alfonsín fueron seguidos por Hurtado y Febres Cordero, Alan García, Collor, Paz Estenssoro y Menem como expresiones reiteradas de la vieja política incapaz de entender que la libertad económica es indispensable para el mantenimiento a largo plazo de la libertad civil.
Surgió, así, un tipo especial de voluntarismo político. El liderazgo tenía un carisma especial debido a que las libertades políticas que el latinoamericano pudo ejercer lo hacían sentirse realmente autónomo. Así, los gobernantes electos a través de todo el continente creyeron que, por ser depositarios de la voluntad popular, poseían también la piedra filosofal que les concedía las atribuciones para descubrir la verdad y amoldar la solución de los problemas a su voluntad. Creyeron poder transformar la realidad económica por medio de controles, aumentando la emisión monetaria, creando privilegios, otorgando subsidios. En resumen, establecieron una política económica intervencionista donde el estado paternalista debía meterse en todas las esferas de la vida de la población.
El gobierno latinoamericano así creado deseaba tomar parte en el desarrollo de sus pueblos, pero solamente logró fracasos y pobreza.
Diez años después, América Latina se encuentra ante una realidad distinta. Del ascenso de las emociones ha surgido el derrumbe de las ilusiones. El golpe de estado de Fujimori en el Perú, la crisis venezolana, el régimen militar de Haiti y, en general, el desprestigio de la democracia en los sectores populares son los síntomas más notables de la política latinoamericana contemporánea. No podemos ignorar el hecho de que una inmensa mayoría de peruanos y venezolanos aplauden a los militares y estén contra sus gobernantes democráticos.
Esta es la América Latina que se enfrenta al pesimismo realista. Se aprendió que elegir a un presidente no es suficiente. Se descubrió que en todo lo pequeño, en todo lo anónimo, existe una voluntad grande por tratar de aportar algo real y concreto al desarrollo de su comunidad. En las actividades económicas al margen de la ley se encuentra al gigante de la economía informal que trabaja hacia un futuro mejor. Avanzan con el objeto de construir naciones más fuertes y más grandes.
En el ciudadano latinoamericano surge el escepticismo económico, la duda y la oposición hacen que se rechace la intervención económica. Todas las personas aprenden que la paz se conquista y que la indiferencia se paga. Los revolucionarios en la nueva América Latina no serán los dirigentes políticos, ni la élite, ni los privilegiados. Los verdaderos revolucionarios que llevarán a estos países a un futuro mejor son un conjunto anónimo de empresarios que trabajarán sin privilegios y sin concesiones para lograr sus metas. Serán todos aquellos que calladamente "hacen patria". Es este pesimismo realista el que impulsa hacia una recuperación de las ilusiones.
Bajo la bandera de la justicia social y la buena voluntad, muchos gobiernos en el continente destruyeron a sus países. Reforma agrarias, colectivización de la propiedad, reformas monetarias, protección industrial y otras medidas similares eran las que, aparentemente, conseguirían el desarrollo económico. Durante la década pasada se ensayó y se erró.
Si se toma el caso del Perú como ejemplo, vemos que el 48% de las actividades económicas se desarrollan al margen de la ley. En este país la ley carecía de vigencia social, el estado era grande pero no fuerte, la ley normaba pero no era acatada. El peruano prefirió emplearse por su propia cuenta, se convirtió en empresario para poder sobrevivir. Estas personas lograron mostrar que el mercado libre y la propiedad privada eran deseados por todos. Demostraron que la participación en la economía de mercado y su funcionamiento no depende de pertenecer a la élite. Donde los políticos fracasaron, donde otros no pudieron moldear la sociedad a su gusto, los pequeños empresarios informales lo lograron para progresar. De aquí surgirá la transformación de América Latina.
El sueño de América Latina se basa en la esperanza no perdida de alcanzar el pleno desarrollo de las libertades políticas y económicas para sus ciudadanos. La década pasada nos indica que la libre empresa es lo único que nos permitirá alcanzar el desarrollo por todos soñado. No olvidemos que tras los nubarrones existe un brillante futuro.
* Co-autor de "El otro sendero", político y abogado peruano. |