EL FRACASO DEL PARLAMENTO PERUANO
Enrique Ghersi*
Julio 1996
LIMA (AIPE).- Las críticas a la democracia por lo general enfatizan
el proceso de deterioro del parlamentarismo. Diera la impresión
de que, por doquier, el congreso sintetiza las frustraciones y enconos
que la gente siente contra la clase política.
Esta impopularidad no parece ser casual. Responde a cierta noción
instintiva de ineficacia de la que los ciudadanos son capaces de darse
cuenta. Sin embargo, son hasta ahora pocos los estudios serios realizados
para determinar exactamente los orígenes de este fracaso.
En el Perú, Arturo Salazar Larraín acaba de terminar
un estudio que analiza cabalmente el problema: la impopularidad del
Congreso no radica en la retórica ni en el verbalismo. No reside
en la incapacidad de los partidos ni en la finalidad de los políticos.
Tampoco en la cultura ni la tradición. Radica, antes bien, en
su costo.
En efecto, el Congreso es tan costoso -en el sentido más amplio
del término- que el ciudadano promedio no está dispuesto
a solventarlo, pues considera que los beneficios que puede esperar de
él resultan exiguos en extremo.
De acuerdo con el estudio de Salazar Larraín, el costo de cada
proyecto de ley presentado por cada congresista peruano y debatido en
comisiones y en el pleno es de $ 80.729, sin tener en consideración
su aprobación ni los costos que pudieran implicar llevarlo a
efecto una vez convertido en ley.
En otras palabras, cada vez que a un parlamentario peruano se le ocurre
presentar un proyecto de ley, le impone a los contribuyentes un costo
de más de ochenta mil setecientos dólares, sólo
por el prurito de legislar.
Si tomamos en consideración, adicionalmente, que el criterio
de eficiencia usual de los congresistas es el número de proyectos
que presenta, al extremo de que suelen publicarse en los medios de comunicación
el ‘ranking’ de los mejores parlamentarios basados en la
cantidad de proposiciones que presentan, podrá advertirse la
tragedia: el mercado político impone a los parlamentarios el
objetivo de presentar y presentar proyectos de ley y, consecuentemente,
gastar y gastar dinero sin costo ni límite.
Si se internalizara este costo y cada congresista tuviera que pagar
los costos de los proyectos que presenta, es muy posible que no sólo
se reduzca el número de proyectos legislativos, sino que se eleve
notablemente su calidad.
El estudio de Salazar Larraín, él mismo parlamentario,
ex director del diario La Prensa de Lima, liberal de la vieja guardia
y discípulo de Pedro Beltrán, ha puesto el dedo en la
llaga.
El congreso es impopular porque es costoso y es costoso porque el mundo
político demanda de él intervención tras intervención,
sin reparar en las cargas subsecuentes a ellas.
Ya en la década del sesenta, el economista y Premio Nobel James
Buchanan había sostenido que en la democracia existe una tendencia
al crecimiento automático del gasto público. Esta tesis
es dramáticamente cierta para el caso de la institución
democrática por excelencia, pues el parlamento padece la terrible
paradoja de acrecentar su impopularidad cada vez que cree cumplir con
su deber.
Cada propuesta legislativa en el Perú cuesta ochenta mil setecientos
veintinueve dólares y fracción. Alguien tiene que pagar
la cuenta.
_____*Abogado peruano, coautor de El Otro Sendero.
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