LIMA (AIPE).- En el Perú se dice que una persona usa la "mecedora" cuando responde con evasivas o, sencillamente, recurre al expediente de mentir sistemáticamente, dando la apariencia de seriedad.
Así, del pícaro estafador al politicastro ensayan versiones personales de la "mecedora" como si se tratase de los postulados más serios que una persona pudiese dar.
Una versión muy penosa de este mal es la que Alberto Fujimori ha venido infligiendo a la comunidad internacional y, particularmente, a la Organización de Estados Americanos (OEA) desde el 5 de abril pasado, en que llevó a cabo su golpe de estado en el Perú.
Sencillamente, Fujimori "meció" a la OEA. Le contó historias. Se presentó de improviso a la reunión de cancilleres en Bahamas para teatralizar un poco. Anunció futuras elecciones y diálogo abierto. Pero nada más.
Todo fue un inmenso aspaviento con el único y exclusivo propósito de consolidar su dictadura e impedir el aislamiento de su régimen, que era previsible por la primera reacción internacional.
La dictadura en el Perú no ha aflojado sus tenazas. Antes bien, cada día que pasa va estableciendo los instrumentos legales para la represión futura, con una discreta combinación de tortura oriental con garrote militar.
No hay diálogo político. El gobierno de facto ha pretendido convocar a unas asambleas con participación supuestamente de todos los estamentos de la sociedad, en lugar de cumplir con la resolución de la OEA, que exigía un trato directo con los partidos con representación parlamentaria.
Y, por cierto, tampoco hay elecciones. Por lo pronto, la dictadura fujimorista postergó indefinidamente los comicios regionales y municipales que debían celebrarse el próximo ocho de noviembre. Con esto consolidó un nuevo golpe de estado porque los gobiernos locales son las últimas autoridades democráticas existentes en el país.
Lo que es aún peor, la anunciada convocatoria al Congreso Constituyente hasta ahora no pasa de ser una broma de mal gusto, porque el gobierno pretende modificar la ley electoral especialmente para este proceso, con el único propósito de manipular un resultado electoral.
No es casual que todo ello pase justo en el momento en que, si bien la dictadura cuenta aún con respaldo considerable, ha bajado enormemente su popularidad.
Al día siguiente del golpe de estado de abril, Fujimori obtuvo 86% de respaldo. A finales de junio tenía 66%. Hay, pues, una caída en picada de la popularidad de un régimen que, para su desgracia, convirtió a las estadísticas y no a las urnas en los patrones de la democracia.
Lo que resulta, sin embargo, incomprensible es que la comunidad internacional y la OEA no se percaten de que Fujimori las ha puesto suavemente en la "mecedora". Al principio fue muy clara su condena, pero diera la impresión, conforme pasa el
tiempo, de que en el fondo la comunidad diplomática latinoamericana prefiere cohonestar entre sí los vicios de sus países, antes que defender principios auténticos.
La "mecedora" funciona. La OEA, Baena Soares y el canciller del Uruguay, Héctor Gross Espiell parecen muy cómodos con el suave arrullo oriental que les depara el dictador del Perú.
* Escritor peruano, co-autor de "El otro sendero".(517 palabras) |