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EL NUEVO MILITARISMO EN AMERICA
LATINA
Enrique Ghersi
Lima (AIPE)- En Quito, durante la ceremonia de juramentación
del presidente Lucio Gutiérrez, se dio partida al renacimiento
definitivo del militarismo en la historia latinoamericana. Con la bendición
patriarcal de Fidel Castro y la inspiración de Hugo Chávez,
el coronel Lucio Gutiérrez consolidó un nuevo estilo de
dar golpes de estado en nuestro continente.
A diferencia de los antiguos, en los pronunciamientos modernos no se
da un golpe para ganar, sino para perder y, después de una breve
derrota y hasta una efímera prisión, premunir al golpista
de la legitimidad política necesaria para ganar la siguiente
elección.
El modelo lo inauguró Chávez, lo desarrolló Gutiérrez
y, a no dudarlo, se convertirá en predominante en muy poco tiempo,
pues los émulos de estos caudillos están por doquier en
un continente donde el fracaso de la democracia es considerado una verdad
por la opinión pública predominante, así como está
muy difundida la desconfianza frente a los mercados libres.
Por lo pronto, en Bolivia Evo Morales parece muy interesado en practicar
este nuevo estilo de golpe de estado. Los desmanes de febrero lo acreditan
sin duda. En el Perú, tuvimos antes a otro espontáneo,
el comandante Ollanta Humala, quien no obstante haberse levantado en
armas los últimos días de Fujimori, acaba de ser “premiado”
con la agregaduría militar del Perú en Francia. Tremenda
necedad. Tres de los últimos dictadores militares ocuparon el
mismo cargo. Después regresaron al Perú a golpear: Oscar
R. Benavides, Luis M. Sánchez Cerro y Juan Velasco Alvarado.
Si la historia no se equivoca, Ollanta Humala tal vez podría
ser el próximo.
Caracteriza a este neomilitarismo una enemistad profunda con la sociedad
democrática y la economía abierta. Da la impresión
que tiene además un acento populista pronunciado y una peligrosa
dosis de infiltración comunista. En el fondo, lo que representa
es el descontento popular que existe contra la política democrática
en Latinoamérica.
Lo paradójico es que no parece inquietar a los Estados Unidos.
Esto, por lo demás, podría ser perfectamente compatible
con la historia, máxime ahora que después del 11 de septiembre
la política exterior norteamericana está guiada exclusivamente
por criterios de seguridad nacional. Si en el pasado Washington no se
incomodó con Somoza, Trujillo o Duvalier, por qué habría
de hacerlo con Chávez, Gutiérrez o quién fuera.
El primer militarismo latinoamericano transcurre luego de las guerras
de independencia y ocupa casi todo el siglo XIX. El segundo militarismo,
aunque nace en distintos momentos, según cada país, conjuga
progresismo con la doctrina de la seguridad nacional y va de Getulio
Vargas en Brasil y Juan Domingo Perón en Argentina a Pinochet
en Chile.
El tercer militarismo, sería este que adviene. En él,
habida cuenta de que no es posible instaurar un puro y simple gobierno
militar por las repercusiones internacionales y el aislamiento que supondría,
nuestros caudillos recurren a la estratagema de encabezar a sabiendas
una revolución fallida a efectos de quedar habilitados para candidatear
democráticamente contra el sistema. Este tránsito a una
suerte de redivivo bonapartismo plebiscitario constituye, a no dudarlo,
una nueva perversión de la democracia latinoamericana, entre
las muchas tan atroces que marcan su destino.
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