LIMA (AIPE).- En el corazón de Los Andes, la lucha antidrogas proclamada por el presidente norteamericano George Bush adquiere un significado muy especial, del que no están exentos muchos peligros y reparos.
Colombia, Perú y Bolivia comparten el dudoso privilegio de ser los principales productores de marihuana y cocaína para el mercado norteamericano. Colombia es, si se quiere, la cabeza del imperio, porque son mafias afincadas allí las que controlan la transformación y el comercio de la droga. Perú y Bolivia, tradicionalmente productores de materias primas, anidan en sus territorios las grandes plantaciones de coca que, a la postre, alimentarán el sistema.
Es ya a estas alturas muy claro que ninguna de tales naciones rechaza su responsabilidad y exige de los Estados Unidos una acción coherente en su condición de mercado principal y consumidor destacado de la droga.
No creo, por ende, necesario insistir en ninguno de estos puntos. Antes bien, hay un punto colateral que me parece no suficientemente resaltado. A saber, el peligro que representa el militarismo en esos países como consecuencia de la "War on Drugs" del presidente Bush.
Aunque Colombia parece mucho más afincada en su institucionalidad democrática, la fragilidad del sistema en Perú y Bolivia es de tal extremo, que el inmoderado énfasis norteamericano en la participación militar para reprimir el narcotráfico puede repercutir en un incremento de la influencia militar a tal extremo que puede amenazar el régimen democrático.
Este temor, en el caso del Perú especialmente, se basa en numerosas consideraciones históricas y sociales que es necesario destacar.
Las fuerzas armadas peruanas son ideológicamente bastante distintas a las del resto de América Latina. Aunque hay mucha gente que las considera de izquierda, por lo que fue la dictadura del general Juan Velasco Alvarado entre 1968 y 1975, el problema es bastante más complejo.
Luego del conflicto que nos enfrentó, aliados a Bolivia, contra Chile en la Guerra del Pacífico (1879-1883), el ejército peruano quedó deshecho. Fue con la llegada de la Misión Militar Francesa, a comienzos de este siglo, hasta su retirada cuando el régimen de Vichy, cuarenta años después, que el ejército se recompuso. Pero se recompuso en una tradición distinta, arraigando tal vez buena parte de sus valores, pero dándoles una dimensión muy especial.
En efecto, los entrenadores de este nuevo ejército peruano fueron los legionarios franceses de Argelia, que le transmitieron a nuestras fuerzas armadas una concepción corporativista y reaccionaria de la sociedad, en la cual sólo el ejército es la única entidad civilizadora y honesta a la que toda sociedad debe recurrir para poder subsistir.
Marcados por este influjo, los gobiernos militares de Velasco Alvarado y Morales Bermúdez no fueron más que la expresión de una filosofía militar transformadora y regeneradora. Pieds noirs perdidos en los Andes.
Por si ello fuera poco, la fuerza armada peruana enfrenta desde hace una década la agresión subversiva liderada por el Partido Comunista del Perú, por el Sendero Luminoso de Mariátegui, conocido por la prensa internacional simplemente como "Sendero Luminoso".
Esta guerra de desgaste no ha servido para cambiar el pensamiento militar, sino para convencerlo de que la vieja tradición argelina en la que fueron educados es la única salvación.
Por ello, la propuesta norteamericana se hace muy peligrosa. Le proporciona a los militares un motivo de legitimidad internacional y una magnífica oportunidad para enarbolar de nuevo las viejas banderas de los desiertos argelinos en las gélidas cumbres andinas y los valles de nuestra Amazonia.
Un golpe militar convencional en el contexto de la pax americana actual es ciertamente poco viable, aunque el reciente caso de Haití parece demostrar que aún es perfectamente posible. Pero los golpes y los golpistas también sufren transformaciones. Cambian con las experiencias, aprenden de la realidad.
Nada impide, pues, que la "War on Drugs" sea utilizada en la tradición golpista latinoamericana como un nuevo pretexto para la toma del poder. No tiene por qué ser un golpe clásico. Podrían bastar fórmulas intermedias, aún manteniendo las formas parlamentarias, como la designación de gabinetes militares o cívico-militares o la presión sobre los correspondientes parlamentos, a fin de fijar con un puño de hierro la agenda política.
Infelizmente, una vez más la incapacidad del gobierno norteamericano para entender a América Latina puede convertir una guerra justa en la más injusta de las batallas.
_____* Periodista y abogado peruano, diputado por Lima al Congreso Nacional. |