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LIMA (AIPE).- Con severas acusaciones de fraude y un ausentismo inquietante, Fujimori eligió el domingo 22 de noviembre un parlamento adicto a sus intereses. Liderado por la coalición oficialista Nueva Mayoría/Cambio 90, los grupos simpatizantes con la dictadura consiguieron una cómoda mayoría para respaldar la legitimación del gobierno y, tal vez, consolidar sus objetivos.
Dos circunstancias son, sin embargo, importantes de resaltar. En primer lugar que, con la lamentable excepción del Partido Popular Cristiano -liderado por el ex alcalde de Lima, Luis Bedoya Reyes-, ningún partido serio ha participado de estas elecciones. En segundo lugar, que los votos en blanco y viciados han quedado en segundo lugar, detrás de la votación oficialista, sin tomar en consideración que la abstención electoral ha alcanzado cifras históricas. Sumadas las abstenciones, los votos blancos y viciados son mayores del 40% de los sufragios.
De hecho, la lista ganadora obtuvo finalmente sólo el 38% del sufragio ciudadano; lo que deja muy en claro que el respaldo a la dictadura no es en modo alguno mayoritario. Antes bien, sugiere un deterioro evidente del régimen, aunque de repente no del propio Fujimori, quien aparentemente conserva todavía su popularidad personal.
Si bien es verdad que ninguna de tales circunstancias invalida formalmente los comicios, no lo es menos que constituyen expresiones importantes de descontento contra la dictadura fujimorista. Ello sin considerar, además, evidentes maniobras fraudulentas organizadas por el gobierno.
Durante la campaña, las agrupaciones opositoras que postularon y los partidos políticos más importantes del país que se abstuvieron formularon numerosas denuncias sobre una evidente voluntad de fraude por parte del gobierno. En particular, la descarada utilización de los fondos del estado en favor del candidato oficial y hasta la propia participación de la fuerza en su favor. Una fotografía tomada por la revista local OIGA, donde se aprecia una vista de un mitin político oficialista en el que soldados uniformados reparten propaganda electoral y recaban firmas entre los ciudadanos para apoyar la candidatura gobiernista, se convirtió en la evidencia tangible más concreta, destinada a convertirse en un clásico de la corrupción política latinoamericana.
Así, a la falta de un auténtico partido político oficial, han sido las fuerzas armadas quienes se han subrogado como tal. Convertidas en juez y parte del proceso electoral, distintas agrupaciones políticas han proporcionado a la misión de observadores de la Organización de Estados Americanos (OEA) evidencia tangible de irregularidades. Sin embargo, ésta, fiel a su tradición de cohonestar dictaduras, hasta ahora ha hecho caso omiso de toda denuncia.
Una ley electoral ambigua, un sospechoso intento de golpe de estado una semana antes de los comicios y la amenaza permanente del dictador, crearon la atmósfera propicia para la confusión ciudadana.
La gente en el Perú parece querer un gobierno fuerte, pero sin advertir, de que una dictadura, es tal vez el más débil de los gobiernos.
* Escritor y periodista peruano. (478 palabras) |