LIMA (AIPE).- Javier Pérez de Cuéllar denunció desde Madrid la posibilidad de un enorme fraude electoral en el Perú. Inmediatamente, la prensa adicta al presidente Fujimori comenzó a llenarlo de improperios, tildándolo de traidor a la patria para abajo. Los más recatados entre los cortesanos lo acusaron de ser un derrotado en busca de excusas por anticipado. Los menos, asimilaron su advertencia con la antipatria.
Pasiones aparte, no hay duda de que Pérez de Cuéllar tiene razón. En el Perú se ha montado un andamiaje institucional dirigido a reelegir a Fujimori, por las buenas o por las malas.
A la falta de independencia del Jurado Nacional de Elecciones y del Poder Judicial, producto del autogolpe de abril de 1992. Se suma el apoyo desembozado y aún escandaloso que las fuerzas armadas están dándole a Fujimori. Recientemente, se ha descubierto que pese a no ser ciudadano civil con derecho a sufragar, hasta el Comandante General del Ejército tiene libreta electoral; lo que en la práctica sugiere que las Fuerzas Armadas han repartido miles de estos documentos entre sus integrantes para participar ilegalmente en los comicios y aportar a su candidato votos que podrían resultar cruciales.
De acuerdo con apreciaciones de grupos de observadores imparciales, unas cien mil libretas electorales podrían haber sido repartidas de esa forma; número más que suficiente para alterar un resultado que se espera sea bastante parejo.
A este pecado mortal se suman infinidad de pecados veniales: generales repartiendo propaganda del dictador, congresistas negándose a investigar las denuncias, hipocresía periodística dispuesta a consentir el impulso reeleccionista, uso indiscriminado de dinero y recursos públicos, etc.
Evidentemente, el Perú es una dictadura. Pérez de Cuéllar tiene razón. Lo malo es que recién se haya dado cuenta, pues es así desde el 5 de abril de 1992, día en que Fujimori de un zarpazo destruyó el estado de derecho en el Perú.
Al principio, hasta el propio Pérez de Cuéllar pareció estar de acuerdo. Los demócratas nunca podremos olvidar sus equívocos y oportunistas comentarios a la televisión internacional luego del golpe, cuando sugirió su aquiescencia con un melancólico “algo se tenía que hacer”.
Por ello, pese a que tiene razón, soy de la opinión que Pérez de Cuéllar está recibiendo el merecido a su propia ingenuidad.
Si creyó a raíz del golpe que “algo se tenía que hacer”, eso mismo está volviendo a suceder: Fujimori lo está ahora convirtiéndo en triste partícipe de la comparsa reeleccionista.
La participación de Pérez de Cuéllar en las elecciones es la única que legitima al dictador. Si ya se dio cuenta de la realidad, sólo le queda renunciar al fraude para así desenmascarar el proyecto fujimorista.
_____*Abogado y escritor peruano, coautor de El otro sendero. (455 palabras) |