LIMA (AIPE).- La destitución del Presidente Fernando Collor de Melo en el Brasil es el espejo de lo que hubiera acontecido en el Perú si Alberto Fujimori no daba el golpe de estado del 5 de abril pasado.
Collor fue denunciado por su hermano Pedro debido a tolerar una red de tráfico de influencias y corrupción, regentada aparentemente por el empresario Paulo César Farías. Fujimori, la semana anterior al golpe, fue denunciado por su propia esposa Susana por tolerar una red de corrupción y tráfico de donaciones encabezada por sus hermanos Santiago y Rosa.
Ni Collor, ni Fujimori tenían mayoría parlamentaria propia. Collor creyó, confiado, que nada pasaría. Fujimori, en cambio, anticipó el resultado: una inevitable acusación constitucional en su contra que terminaría declarando la vacancia del cargo por incapacidad moral y sujetándolo a proceso judicial ordinario.
En ambos casos, la popularidad con que llegaron al poder se hubiera disipado inmediatamente, hasta tornarse en la más agria animadversión. Las multitudes en las calles de Río, Sao Paulo y Puerto Alegre deben haber quedado grabadas en las retinas de los dos presidentes.
La diferencia entre Collor y Fujimori, para estos efectos, solo estriba en la calidad de sus asesores. El primero no previó las consecuencias, y, si lo hizo, prefirió el descrédito personal a quebrantar la democracia -en cuyo caso, se honra-. El segundo previó las consecuencias y optó por proclamarse dictador, conservando el poder a toda costa -en decisión que lo denigra-.
Variantes del mismo espécimen político, Collor y Fujimori representan lo peor del aventurerismo político latinoamericano. Inescrupuloso. Curiosamente maquiavélico, improvisado y corrupto. El poder por el poder. Sin principios. Sin un norte claro.
Común en nuestro subcontinente, este tipo de político por lo general se ha salido con la suya. Rara vez ha sido castigado. Salvador Jorge Blanco, en República Dominicana, fue la primera excepción. Alan García, la segunda, aunque una Corte Suprema adicta a su partido se cuidó de exculparlo aceleradamente a fines del año pasado, a pesar de aprobarse en su contra un antejuicio constitucional en el congreso peruano, antes del golpe de estado. No obstante, el dominicano y el peruano fueron encausados cuando habían dejado el cargo. Collor y Fujimori, en cambio, son dos mandatarios en pleno ejercicio del poder. Su caso es, por tanto, histórico.
El Senado brasileño y, luego, la justicia en ese país se encargarán de investigar y juzgar a su presidente. En el caso del Perú, lamentablemente, la historia será, por ahora, diferente.
Fujimori ha tenido éxito en consolidar su golpe de estado. El rechazo que concitó en la opinión internacional se ha disipado, al punto de que la propia Organización de Estados Americanos podría convertirse en la mejor aliada del dictador, cohonestando un proceso electoral amañado con el exclusivo propósito de elegir un campo de "geishas" adictas a su persona.
Conseguido que sea su propósito, seguramente Fujimori tendrá algunos años de una falsa respetabilidad. Nadie se atreverá a
investigarlo. Será encumbrado como el victorioso y falso captor de Abimael Guzmán. No se resolverá la denuncia de su esposa sobre los negociados con las donaciones provenientes del Japón. Quedará montado un conveniente escenario para beatificar transitoriamente al dictador.
Tendremos que esperar el retorno de la democracia para que termine la farsa fujimorista y, debidamente procesado, quede bien claro que es sólo una variante oriental del clásico y corrupto dictador latinoamericano.
* Escritor y abogado peruano. (567 palabras) |