LIMA (AIPE).- Se ha hecho común escuchar el argumento de que a los países hay que gobernarlos como a empresas. De esto se sigue que los gobernantes deben ser como gerentes y que la política debe ser, en realidad, una consecuencia de la lógica empresarial.
No es casual que quienes así se pronuncian sean empresarios, en muchos casos llevados por una auténtica preocupación por sus países, pero en muchos otros llevados más bien por la necesidad de buscar una justificación a sus propios apetitos electorales.
A pesar de su completa superficialidad o, tal vez, precisamente gracias a ello, el argumento ha prendido con relativa facilidad. Una analogía falaz sugiere que los criterios de eficiencia y responsabilidad de la empresa privada se trasladarán inmediatamente a las naciones, que se competirá honestamente, que se descubrirán y aprovecharán oportunidades ignoradas.
América Latina está llena de estas suposiciones, especialmente después de que la crisis de su clase política tradicional permitió la aparición de empresarios-políticos, como Wasmosy en Paraguay, Serrano Elías en Guatemala o Sánchez de Losada en Bolivia.
Todo ello es, en verdad, falso, pues se basa en una confusión: creer que los países son iguales que las empresas, cuando se trata de entidades que tienen una naturaleza totalmente distinta y probablemente antagónica.
En efecto, las empresas no son organizaciones democráticas. Antes bien, por definición son antidemocráticas. Tienen dueños. Están jerarquizadas. Las estructuras inferiores carecen de derechos frente a las superiores. No existen ni son concebibles las individualidades. Todo y todos están dirigidos a la consecución de un solo objetivo.
La empresa democrática es un imposible. Sólo puede existir por el orden y el comando, so pena de caer en la confusión y desaparecer consumida por la incapacidad de adecuarse a las circunstancias.
Los países, en cambio, pueden ser de muy diversas formas. Substancialmente autoritarios o democráticos. Los primeros pueden ser gobernados como empresas y de hecho lo son, aunque no como empresas privadas sino como empresas públicas: ineficientes y dispendiosas. A diferencia, los países democráticos no pueden ser gobernados como empresas porque se violarían necesariamente los principios que sustentan su forma de gobierno.
En un país democrático los derechos individuales son absolutamente indispensables. La diferencia y hasta el antagonismo de intereses, necesarios. Las jerarquías, incompatibles. La empresa no se condice, en forma alguna, con el ideal democrático.
Por cierto que nada de esto sugiere que la democracia sea el mejor ni más perfecto de los sistemas. Simplemente trata de denunciar una falacia que esconde, a mi entender, el peligro de un nuevo tipo de autoritarismo en ciernes.
Los que quieren gobernar sociedades democráticas como si fueran empresas lo que buscan, en realidad, es destruir la democracia y reemplazarla por una dictadura inspirada en supuestos tecnocráticos. Tal vez por inadvertencia o sencillamente por ambición están dispuestos a renunciar a los principios básicos de la libertad individual y la tolerancia por el equívoco influjo de una eficacia que no es resultado de la empresa sino del marco institucional que la rodea.
Por ello debemos desconfiar de las auténticas convicciones de los que se presentan como el presidente o el alcalde gerente. En realidad quieren decir con ello que buscan concentrar todo el poder en sus manos. La evolución política está produciendo así una curiosa transmutación en los conceptos hasta convertir en sinónimos empresa y dictadura.
La corrupción de las palabras siempre precede a la perversión de los conceptos. Llamar bueno a lo malo es la condición para destruir toda salvaguarda. Es el terrible principio de la degradación moral. Una forma segura para destruir todo progreso.
Gobernar el país como una empresa es proponer la liquidación de la democracia y la instauración de un neoautoritarismo de consecuencias imprevisibles, pero sin duda dramáticas para la libertad de los hombres.
_____* Abogado, político y escritor peruano. Coautor del libro “El Otro Sendero”. (641 palabras) |