LIMA (AIPE).- La tragedia peruana ha puesto de relieve la fragilidad de las instituciones democráticas en América Latina.
Como en Haití, ha puesto de manifiesto la absoluta incapacidad de la comunidad internacional para aislar a un gobierno golpista y defender la institucionalidad constitucional.
Como en Venezuela, ha dejado en claro que las fuerzas armadas son el factor de poder más importante de nuestras sociedades y que la autoridad civil tiene una fragilidad superlativa.
Pero ha servido, también, para demostrar que los golpes de estado son recursos políticos que cambian de características para adecuarse a las circunstancias y tratar de ganar respetabilidad y aceptación.
El caso del golpe de Fujimori es, tal vez, una muestra particularmente sofisticada de esa alevosa mutación.
El 5 de abril de 1992 se produjo en el Perú un golpe de estado que, podríamos llamar, "no tradicional". Lo protagonizó el propio presidente elegido. Las fuerzas armadas apoyaron al golpe, pero en una posición de aparente docilidad. Con excepción de un ex-ministro del régimen aprista, las detenciones duraron muy poco. La censura de prensa, también. La población estuvo mayoritariamente de acuerdo con la clausura del Congreso y la intervención del Poder Judicial, la Contraloría y los gobiernos regionales.
Pese a todo ello, se trató de un auténtico golpe de estado. Los golpistas fueron muy sagaces para justificar su acción, pero la naturaleza de la misma fue bastante clara. El paso del tiempo así lo demuestra. Cada uno de los instrumentos tradicionales de la dictadura se usan hoy en el Perú:
La amenaza, que se aplica constantemente contra los opositores del régimen y, en general, todos los descontentos, incluidos oficiales de las fuerzas armadas y policía.
La persecución, que se usa contra los opositores militantes. Puede llegar al acoso y aun a la prisión. En el Perú se asila, en promedio, una persona por semana.
La difamación, reservada a todos los que disgusten al dictador. Resulta increíble que hasta periodistas aparentemente serios se presten al juego de la calumnia.
La mentira, utilizada para desinformar o para decirle a la gente lo que quiere escuchar. La palabra del dictador santifica cualquier versión, por más aberrante o fantasiosa que sea.
La mordaza, para impedir que periodistas e investigadores libres opinen e informen de acuerdo con su conciencia. Denunciarlos a un poder judicial sumiso a la dictadura puede ser un medio de intimidación. Raptarlos para que luego deban dejar al país, puede ser otro.
La muerte, aplicada selectivamente por los servicios de seguridad de la policía política y el servicio de inteligencia contra quien sea necesario. Luego todo se justifica alegando que, en medio de la confusión, bien pudieron ser los terroristas o los narcotraficantes quienes lo hicieron.
En suma, los clásicos recursos de la arbitrariedad a los que Curzio Malaparte llamara "técnica del golpe de estado".
* Escritor y abogado peruano. (475 palabras) |