LIMA (AIPE).- Un tópico común entre los presidentes latinoamericanos consiste en sostener que sus naciones saldrán de la pobreza por una extraña combinación de suerte y ayuda externa.
La suerte está fuera de nuestro control. La ayuda externa es un recurso dudoso que, por lo general, ha traído males todavía mayores que los que supuestamente iba a combatir.
Se busca todo tipo de ayuda externa. Pública o privada. A corto o a largo plazo. Regalada o subsidiada. De libre disponibilidad o atada a compras de suministros en el país donante.
Sea cual fuere la modalidad, la ayuda externa es una forma internacional de mendicidad. En mi concepto, inmoral y lamentable.
Alguna vez escribió Hernando de Soto que la ayuda externa es el nuevo imperialismo. En cierto sentido lo es porque una burocracia internacional que ofrece la ayuda se alía con una burocracia vernácula que la recibe para imponer cada uno de sus propios designios, con total prescindencia de la conveniencia de los demás.
Aún cuando la aparente gravedad de la situación en Latinoamérica pudiese aconsejar la necesidad de ayuda internacional, la consideración de sus bases éticas me parece un fundamento central de la discusión. El Banco Interamericano de Desarrollo, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial encabezan el ejército de dudosos filántropos que se avocan de inmediato a brindar apoyo. Pero no apoyan, en verdad, a los pueblos, sino a los gobiernos, y esto puede convertirlos en verdaderos enemigos de nuestras naciones.
Si una persona, en vez de trabajar arduamente se dedicase por entero a pedir regalado a diestra y siniestra, con toda seguridad se nos presentaría como un individuo vicioso e incapaz de valerse por sí mismo. Pero si el que lo hace es un gobierno, nos parece de lo más bien, como si se tratase de una consecuencia inevitable del subdesarrollo.
Sucede algo muy curioso. Nuestros gobiernos, por lo general, no piden ayuda para hacer las cosas bien, sino para hacerlas mal. Quieren dinero o bienes para prolongar los estertores de la demagogia populista que empujó al subcontinente al abismo de la pobreza y la corrupción. Buscan ayuda ilegítima para medrar políticamente.
Craso error. La caridad honra al que la practica pero denigra al que la recibe. Toda la tradición liberal, de Spencer a Hayek, presenta la caridad como una decisión individual de consecuencias sociales un tanto dudosas. Toda limosna, en el fondo, es desdeñosa para quien la recibe.
Lo mismo sucede con los países. Se denigran cuando reciben ayuda externa. Lo hacen porque para los políticos es más sencillo que trabajar duro a fin de sacar a sus países adelante. Pero sólo se benefician ellos mismos con dinero fácil, sin obligación de devolverlo, que malgastan con propósitos políticos.
No hay peor traba al progreso que la ayuda externa. Esta ayuda tiene como fundamento ético una curiosa traspolación de la teoría de la justicia distributiva al mundo internacional. Esta doctrina cree que unos son ricos a costa de los demás, sin entender para nada los orígenes de la riqueza y la pobreza. Suponen que en el plano internacional sucede lo mismo y que algunos países son desarrollados como consecuencia del subdesarrollo de otros. Presentan, por ende, a la ayuda externa como una forma de equilibrar este problema. Una emanación de la justicia distributiva destinada a compensar los presuntos daños causados entre los países pobres por aquellos que alcanzaron ya la prosperidad.
Sin fundamento ético aceptable, la ayuda externa no es más que una estratagema de nuestros gobiernos para anestesiar sus errores, permitirse incoherencias y perpetuar los padecimientos que ocasionan sus apetitos y errores.
* Periodista y diputado por Lima al Congreso peruano. |